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Cine, jazz y tú |
Se muestran los artículos pertenecientes a Marzo de 2006.
El Woody Allen de los 90 se saca de la chistera de buenas a primeras la idea de un hermoso homenaje a los pequeños y grandes musicales de los años 30, 40 y hasta 50 del Hollywood dorado de las estrellas. Allen capta a la perfección el espíritu que impregnaba a todas y cada una de aquellas casi irreales películas de baile y canciones. Para ello, echa mano de las composiciones de gente como Cole Porter, Gus Khan, Richard Rodgers, composiciones (y coreografias) asociadas inevitablemente a los Fred Astaire, Ginger Rogers o Busby Berkeley, y los traslada a un NuevaYork actual. La película resulta ser un soplo de aire fresco y también para su trayectoria. Hay un desafío interpretativo importante para los actores de la película: tener que ejercer casi por primera vez en sus carreras de improvisados cantantes. Y gente tan variopinta como Julia Roberts, Edward Norton, Alan Alda, Natalie Portman, Goldie Hawn o Tim Roth pasan con nota el trago. Y es que ninguno de ellos se libra de probar las lides del canto. El mismo Woody. De todas formas, no podemos olvidar que detrás de este rendido homenaje al musical americano se encuentra nada menos que una comedia de clásico estilo 100% Allen, con momentos logradísimos y situaciones extraordinarias. Como muestra, que Woody se permita el gustazo de echarse como novia a la sin par Julia Roberts. Julia Roberts canta el All my life pensando en Woody. Con la tontería, igual es una de las comedias más sofisticadas que hay en su filmografía. Luego están los personajes “Guadiana”, ésos que aparecen, desaparecen y vuelven a aparecer cuando uno menos se lo espera, personajes capaces por si solos de salvar con una línea de diálogo toda una película. Alan Alda está inconmensurable, una vez más, porque a la chita callando se convirtió en “chico Allen”. La familia de Alan Alda y Lukas Hass, el hijo neo fascista. Natalie Portman irresistible ya de adolescente. Edward Norton es un espléndido actor, de corte clásico y muy eficaz en todo tipo de papeles. Y tiene una voz muy simpática cantando. Goldie Hawn, una cómica innata. Incluso los números musicales están tratados con cierta sorna y cariño, en especial el mágico baile final de Allen con Goldie Hawn a orillas del Sena, en un entrañable tributo a la pareja Fred Astaire-Ginger Rogers. Otro baile, con el que acaba la película, resulta todo un homenaje hecho con mucho cariño y admiración: bailarines que portan máscaras del inefable Groucho Marx mientras de fondo suena el tema Hooray for Captain Spaulding, nombre del personaje del propio Groucho en la película El conflicto de los Marx, de 1930. El responsable de los arreglos musicales es otra vez Dick Hyman. Como en casi todas sus películas. Dick Hyman es un pianista estilo swing, pero que entre otras cosas tiene grabaciones con Charlie Parker. El veterano músico se las apaña para orquestar temas que hemos oído miles de veces, tanto en Broadway como en versiones de jazz: Just you, just me; My baby just cares for me; Makin’ whoopee; I’m thru with love; If I had you; I can’t believe that you’re in love with me; What a little moonligth can do; Chinatown, my Chinatown… Pura comedia, puro musical. Puro Woody Allen. Es posible hacer una película de juicios y que sea divertida. La frase no es mía sino de un blog en gallego que me he encontrado en google y que habla de la película. El mérito de Anatomía de un asesinato es que te lo hace pasar muy bien metidos en una sala de tribunales durante dos horas y media largas de cinta. Para ello Preminger cuenta con estos elementos: humor, James Stewart, Lee Remick, un juez cojonudo y la música de Duke Ellington. Música que en ningún momento agobia, más que nunca puede llamársele como música incidental. Luego hablaremos de ella. La historia es bien sencilla: James Stewart es un abogado medio retirado que perdió el puesto de fiscal de un pequeño pueblo del estado de Michigan y que emplea más el tiempo en pescar y/o atrapar ranas y tocar el piano en forma de jazz que en otra cosa. Forma de tocar jazz, por cierto, sospechosamente parecida al estilo “dukal”. Un día le volverán a enfundar el disfraz de letrado cuando se pone en contacto con él Lee Remick, atractiva y descocada joven violada por un amigo del pueblo al que mata su marido, un joven militar encarnado por Ben Gazzara. La cuestión será salvar al soldado Gazzara. Preminger es de esos directores, como Truffaut o Godard, a los que les importa un huevo si se les ve en cuadro la sombra de la cámara. Algún purista seguro que argumenta que puede que tenga un estilo descuidado porque hasta se le note algún salto de cámara. Todo eso me la trae al fresco. Entre otras cosas, porque es mentira que Preminger no le dé la importancia justa a las formas. Se la da empezando por los títulos de crédito de Saul Bass. El cartel es genial y lo hizo el gran Saul Bass. Spike Lee lo homenajeó al hacer el de su película Clockers. Si me pongo fino, diré que Preminger hace arquitectura en cine. Mucho plano largo y, aunque haya montaje, la impresión de que haya planos-secuencia. Todos somos Jimmy James Stewart el mismo año que hace Vértigo y en un papel tan diferente. Vacila mejor que De Niro. Huelga decir que es mi actor favorito. Y la mejor nuca de la historia del cine. Tiene la capacidad de, con un simple gesto, variar la índole dramática de una escena o viceversa. Aquí es el protagonista absoluto. Ya me gana que el personaje sea amante del jazz. Lee Remick le dice que es raro que a un abogado le guste esa música. Toca el piano, supuestamente doblado por Duke Ellington. O igual es Billy Strayhorn. Cuando se rueda Anatomía, Perry Mason ya manejaba sagacidad para desenmascarar tribunales por los juzgados de la pequeña pantalla. Doce hombre sin piedad era de hacía dos años. La diferencia aquí es que Preminger introduce tiempos muertos en un juicio del que apenas restan momentos. Casi es un juicio en tiempo real, del que curiosamente lo único que no vemos son los alegatos finales de los letrados. Cosa rara por la fuerza dramática que suelen tener ese tipo de monólogos de juzgados en el cine. Ante la ausencia aquí, la paradoja de aquel legendario de James Stewart en Caballero sin espada. Acierto de la película: como James Stewart ha estado dos días aislado pescando, y no se ha enterado de la violación de la chica y posterior muerte del asesinado, nosotros sabemos lo que él sabe, lo que averigua sobre la marcha. Todos comenzamos de cero. Total identificación con el personaje. Todos somos James Stewart. La música invisible En 1959 habían pasado tres años desde que Ellington había ido al histórico Newport del 56. Corría un clima desfavorable para las Big Band después de la guerra. Basie había reducido su orquesta a octeto en varias ocasiones. Llegó para Duke el Festival de Newport del 56 y se obró el milagro. Para muchos era un Duke resucitado, para otros no había dejado de dar muestras de su poderío. Esta obra larga para cine era más que otra prueba de la magnanimidad del Duke a la hora de componer suites u obras de larga duración. Cosas como la Black Brown and Beige que las hacía ya 20 años atrás. El leit motiv de la película es un tema típicamente “ellingtonia”. Uno se huele que hay mucho Strayhorn detrás de la génesis de la banda sonora. Hay un cameo de Duke de la película tocando con un quinteto reducido de su orquesta. Y frase. Decía que no agobiaba la música. Hay bastantes partes de la película sin música. Toda la parte del juicio, que es mucha. La hay en las transiciones, cuando Duke dobla a James Stewart al piano, en los créditos del principio y al final. Anatomía de un asesinato termina con un agudo de la trompeta del especialista Cat Anderson. Anatomía de un asesinato es un fantástico drama judicial. Si oyes la banda sonora aparte, es una magnífica música de jazz “dukal”. |
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