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Cine, jazz y tú |
Se muestran los artículos pertenecientes a Enero de 2006.
Cotton Club. Ese maravilloso encargo que no dudó en aceptar Francis Ford Coppola en el año 1984. De grandes encargos se nutre el cine, verbi gratia Casablanca. Coppola venía de quedar en la ruina tras Corazonada, y de rodar dos de sus más personales películas, como Rebeldes y La ley de la calle, con las que recupera el crédito perdido. Y cuando le llega la historia de Cotton Club, se encuentra con un material narrativo con el que está familiarizado. Porque Cotton Club va de mafia rodeada de jazz. O de jazz rodeado de mafia. La combinación es impecable. El cóctel, explosivo. El mundo “gangsteril” mecenas de la noche jazzista, tapaderas de negocios ocultos, transgresor de la ley y el orden cuando los gatos se tornan pardos. Richard Gere es un apuesto trompetista que busca el salto de calidad. Qué mejor lugar que el Cotton Club. En su camino se interpone la fortuna en forma de gangster. Salvar la vida a un capo de la mafia, interpretado por James Remar, le rendirá unos inopinados frutos. Paralela a su historia se encuentra la de Gregory Hines, bailarín con las mismas pretensiones del éxito y la fama. Y luego surge la bella Diane Lane, atractiva y ambiciosa joven de quien se enamora fácil y rápidamente nuestro trompetista Gere. Un detalle termina por “arreglar” el conflicto de la película: la Bella Lane es la novia del Bestia Remar. Richard Gere cumple. Diane Lane rebosa de erotismo y sensualidad. El gran y arrinconado Bob Hoskins, en el papel de dueño del club bien relacionado con la alta sociedad del hampa. Por el Cotton Club se dan una vuelta unos imaginarios Chaplin, Gloria Swanson, James Cagney. Asiduos de la época. Y, codo con codo, Lucky Luciano. Hay escenas de una desaforada violencia en Cotton Club. En especial la que tiene lugar en esa especie de arrebatado y furibundo éxtasis por el crimen que le asalta en un apartado del club. El guión lo firman Coppola y William Kennedy, pero también metió mano Mario Puzo. Pega que la película la hubiera hecho Clint Eastwood. Jazz y gangsters, al fin y al cabo. Hubiera estado bien. Cuando Gregory Hines entra por primera vez en el club y se encuentran de bruces con Duke Ellington en persona. Ellington era ya, a finales de los años 20, el rey de las noches del Harlem, un icono para la gente negra afro-americana. Cotton Club respira Ellington por los cuatro costados. The Mooche, Creole love call, el Mood indigo. El sonido jungle, los bailes exóticos... Cab Calloway también suena. The hi de ho man. El otro rey del Club del Algodón. Había oído que Richard Gere en la película tocaba la trompeta. No es cierto. Los solos de trompeta son de un sólido sección del instrumento, Lew Soloff. Y si no suena música de la época, lo que se oye lo ha compuesto John Barry, buena aportación al espíritu Cotton Club. Hay muy buenos números de claqué, o de tap. Gregory Hines no necesitó para bailar un doble cuerpo. En la película protagoniza unos estupendos bailes con su hermano real, Maurice, a la sazón hermano de ficción en el film. Hines era un magnífico bailarín. Murió en 2003. Hay una emotiva escena en la película de los dos hermanos. |
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