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Cine, jazz y tú

Se muestran los artículos pertenecientes a Diciembre de 2005.

Resumen

03/12/2005

Música y lágrimas: genuinamente americano

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Música y lágrimas no cuenta la historia de Glenn Miller “per se”. Al menos, no la que ocurrió en realidad. Ya te haces una idea al ver el título que le pusieron en España a la película, aunque peor todavía es el “Glenn Miller Story” del original. De muy edulcorado es de lo que peca este biopic. Al viejo, almibarado y conocido estilo Hollywood. Porque hay un tipo que sale y que se parece a Glenn Miller, y situaciones que en algún momento recordarán a situaciones similares a las que pudieron pasar. Tiene delito, pero es lo que hay. Aún con todo, Música y lágrimas es una película bien bonita y que entretiene durante sus buenas dos horas.

Gran parte de la culpa, James Stewart. Y un director como Anthony Mann, de oficio más que sobrado. El dúo se basta para dar credibilidad a una formidable sarta de falsedades sobre la vida del trombonista y director de orquesta americano, desde que empieza hasta que acaba. Si lejos está de narrar la realidad de lo vivido en sus 40 años por Miller, en ultratumba situaremos la verdadera causa de su muerte. Porque a mejor vida pasó, pero lejos de la niebla de un traslado aéreo Londres-París. El vuelo era más a ras y en muy buena compañía parisina-la nuit.

Por el entonces de su muerte, en 1944, sones de guerra, Miller llevaba ya tiempo siendo Director de la Banda de las Fuerzas Aéreas de los Estados Unidos. Entrañable la escena en que ni los bombardeos alemanes acallan la virtuosidad , “In the mood”, demostrada por la orquesta ante los soldados americanos a techo descubierto. Pero bastante dudosa también.

Datos veraces: Ben Pollack, que aparece como artista invitado en la película, fue el jefe de banda de Miller en los comienzos de éste. Y varios de los antiguos miembros de la orquesta de Glenn Miller participaron en la filmación de la película.

Opinión personal: ¿es la música de Miller jazz?, y el tan traído “sonido Miller”, que éste busca y rebusca sin fin en la película, hasta el punto de convertirse en la verdadera obsesión del artista. Hay una escena muy reveladora. Una orquesta a la que Miller vende uno de sus temas, el celebérrimo Moonlight serenade, interpreta el tema a médium tempo. Miller sale horrorizado de la sesión. Han destrozado mi música, viene a decir. No es definitivamente ése “su sonido”. En efecto, la versión que Miller hará famosa es a tiempo lento. Pero ¿cuál de las dos resulta más atrayente, una vez transcurridos más de 60 años desde entonces? Sólo hay que ver la película para verlo y juzgarlo.

Eso sí, June Allyson está maravillosamente cursi pero encantadora. Es una de mis debilidades, lo reconozco.

Y Louis Armstrong ameniza nada menos que la boda de Glenn Miller y su esposa. La trompeta del gran Satchmo. Y con él sus All Stars del momento: Barney Bigard, Arvel Shaw, James Young, Marty Napoleón y Cozy Cole. Y también sale la batería de Gene Krupa, o el tenor Babe Russin o la cantante Francés Langford.

Ni que decir tiene que, aparte de los temas ya mencionados, suenan también Chattanooga Choo choo, Little Brown Jug, American Patrol, A String Of Pearls...Larga vida a Glenn Miller, siempre que las archiconocidas e inmortales derivaciones, que como célula madre ha conocido desde su muerte en forma de orquestas, aún lo permitan.

03/12/2005 00:36 Autor: cineconjazz. Enlace permanente. Tema: Biografías de jazz Hay 2 comentarios.

30/12/2005

Ascensor para el cadalso: la muerte en directo

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Dicen que para ponerle música a Ascensor para el cadalso, Louis Malle le proyectó a Miles Davis la película, ya rodada, en un pase privado, para que el trompetista de las tinieblas se hiciera cargo de la banda sonora de la misma. Posteriormente, Miles se mete en un estudio para crear la música sobre la marcha. No sé si todo esto formará parte de la leyenda, que como toda leyenda puede tener bastante de realidad, pero por lo menos la idea queda bonita. Miles hizo una maravilla con su partitura, la película se benefició de otra gran aportación jazzística al cine y todos tan contentos. Louis Malle, el primero, ese extraordinario cineasta francés y formidable amante del jazz. Año 1957.

 

Ascensor para el cadalso no es una película de jazz. Pero. Como si lo fuese en espíritu. Primero porque así lo querría seguramente el director. Luego porque Miles la tamiza en forma de balada, en forma de sordina. La tiene, esa atmósfera. Y si a eso le sumamos Jeanne Moreau, que tiene casi el mejor papel de su filmografía y que está más guapa que nunca y que además era buena actriz; y que el argumento, con todos los maravillosos clichés del género (pareja de amantes que planea la muerte del marido de ella), está a la altura del mejor cine negro americano. Y que Malle, recién terminado su doctorado en Cahiers du Cinema, echa mano de su cinefilia para hacer su primera película (Perdición, rubias fatales...) en un blanco y negro de los gloriosos; pues todo sumado da como resultado una de las mejores trabazones que de cine y jazz háyanse conseguido en la noche de los tiempos. Amén de que el film cuenta con uno de los títulos más lúcidos y atinados de los 110 años largos ya de la existencia del cinematógrafo.

 

Miles de gira por Europa. Malle, que se entera. Malle que le llama, que le cuenta. Miles que acepta. Elige al cuarteto del pianista René Urtrager. Urtrager al piano, Barney Wilen al saxo tenor, Pierre Michelot al contrabajo, todos ellos franceses y el emigrado Kenny Clarke a la batería. En Europa, lo mejor de lo más. Sin más. Miles conoce pues la película, le echa un vistazo al guión y se pone a trabajar. Por bloques.Y a improvisar. Nuit sur les Champs-Elysees, Le Petit Bal, Generique, Florence sur les Champs-Elysees, Au Bar du Petit Bac, Assassinat, Final, L’Assassinat de Carala, Chez le Photographe du Motel, Sequence Voiture, Sur L’Autoroute, Motel (Diner au Motel) El grupo existió sólo para la grabación, para una actuación anterior en el Olimpia de París y para otra posterior en Ámsterdam. Lástima.

Suena a tópico, pero la trompeta de Miles es un personaje más. Los arreglos para el quinteto son exquisitos; cómo suena esa sordina cuando tiene que sonar; qué grande era este Barney Wilen; qué buenos y sólidos los músicos franceses, desde siempre. Y ahí está Kenny Clarke en su exilio parisino, en ese elevadísimo segundo plano desde la batería. Y cuántas veces te vuelve la melodía de la película, después y nada más de acabar de verla.



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