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Cine y Jazz

Las señoritas de Rochefort: las dos francesas y el amor

Las señoritas de Rochefort: las dos francesas y el amor

Hay dos responsables de que la película Las señoritas de Rochefort me haya gustado tanto. Uno se llama Jacques Demy, uno más de los locos y maravillosos realizadores de la nouvelle vague, que se especializó en hacer musicales como el que viene hoy a este blog. Otro se llama Michel Legrand, el gran compositor de películas francés pero también uno de los mejores autores del jazz que se hizo desde las década de los cincuenta en el país vecino a España. De la conjunción de ambos surge esta historia que nos traslada a la simpática localidad de Rochefort. Un bar, la dueña, sus dos hijas gemelas, un marinero de paso y además pintor, un par de entusiastas feriantes. Algún desencantado de la vida. Todos convergen en Rochefort con un anhelo común, que es encontrar, más que buscar, esa cosa llamada amor.

Las dos hijas gemelas son las dos señoritas de Rochefort. La una, Catherine Deneuve, enseña danza a los niños de la localidad. Al piano, está la otra, Françoise Dorléac. Hermanas en Rochefort y hermanas en la vida real. Primero de los aciertos de Demy. Las dos en pos de ese anhelo amoroso, que tienen más cerca de lo que se pueden pensar. Todo lo que vemos ocurre en un fin de semana. Los feriantes llegan al pueblo para amenizar esos tres días de asueto. Con ellos llegan los primeros bailes. Las señoritas de Rochefort es un musical a partes iguales de baile y de canción. Cantan la Deneuve, su hermana Dorléac, canta Jacques Perrin, que es el marinero pintor. Canta Danielle Darrieux que es la maravillosa ama del bar. Cantan los dos feriantes. Y qué cantan. Cantan el jazz. A lo que compuso Legrand, como cualquier composición de jazz para escuchar, Demy le pone letra. Y se convierten entonces en unas estupendas canciones llenas de contento.

Todavía me suenan en la cabeza las veces que en la película las dos hermanas cantan su canción.

Uno de los desencantados de la historia es el que encarna Michel Piccoli, ese monstruo francés del cine que nos regala un papel tan alejado de su habitual lado canalla. Una interpretación plena de sensibilidad. Piccoli también canta. A Demy se le ocurrió otra idea genial y es hacer que el amigo de juventud musical de Piccoli fuera el mismísimo Gene Kelly. Sí señor, Gene Kelly aparece en esta película en un guiño quizá de Demy a ese americano en París que el bailarín y actor norteamericano protagonizara dieciséis años antes.

Y Gene Kelly, obviamente, baila. Y unos chavales y chavalas de alguna escuela de baile contratados para bailar por las calles de Rochefort. Y bailan jazz con el mismo entusiasmo con que lo harían en los ballrooms de los años 30 y 40, allá en la tierra donde nació el jazz. Y lo hacen de una manera, las canciones vienen tan a juego para cada momento, que no hacen otra cosa que contagiarte de su ritmo y su vitalidad. Con un colorido y una explosión de diversas tonalidades que recuerdan en conjunto y salvando las distancias a las coreografías que Stanley Donen hizo para West Side Story.

Y ahí está el amor, el eje invisible y central de cada argumento de la película. Todos en pos de encontrar algo que les falta. Lo cantarán acordes con el sentimiento la Deneuve, Dorléac, su madre, Perrin… todos. Porque todos tienen en Rochefort aquello que se presenta una vez en la vida que es el verdadero y único amor. O el ideal, que dice más de una vez el marinero pintor. Espero que no se convierta en spoiler decir que la historia de amor entre Catherine Deneuve y Jacques Perrin, sin que en ningún momento ambos se vean un pelo en la película, es una de las historias de amor más maravillosas que hayan podido rodarse en el cine.

Y hay que hablar de Legrand. Michel Legrand, que llegó en su momento a formar una orquesta a finales de los cincuenta (y por sus filas pasaron alguien llamado Miles y alguien llamado Coltrane), es uno de los nombres más importantes de la escena del jazz europeo de todos los tiempos. A Legrand lo conocí, como todo el mundo que conoce a Legrand fuera del jazz, como un compositor de bandas sonoras, demandado por igual tanto en Francia como en América. Después escuchas un tema de jazz y la sorpresa viene cuando lees: autor, M. Legrand. Ya en Los paraguas de Cherburgo, maravillosa película musical (about love) de Jacques Demy, Legrand nos regaló con ese delicioso I will wait for you, al que el mundo del jazz homenajea como se merece cada vez que un músico (me viene a la cabeza una maravillosa versión de la orquesta de Gil Evans cantada por Astrud Gilberto) se lo lleva a su repertorio.

La música toda que se oye en Las señoritas de Rochefort es jazz. Que por un lado podría ser (ignoro si se hizo, y si no, animo fervientemente a la casa discográfica en cuestión a que lo haga) el contenido completo de un disco de jazz instrumental, o bien puede escucharse tal cual suena en la película con las letras añadidas por Jacques Demy. En ambos casos la experiencia es más que gratificante. La forma de cantar sobre todo los temas rápidos, con fondo vocal de coro, nos retrotraen a esos años concretos de una manera de hacer música, esos años en que existían los Double Six, el scat o el vocalese.

Los dúos, o tríos, o a veces cuartetos vocales, cuando no directamente corales, están conjuntados al milímetro. Cuando cantan las dos hermanas, con los dos feriantes, a solas Danielle Darrieux. A la vez que cantan, todos están contando. Hay un homenaje claro a aquellos años en que hacer un musical era como coser y cantar.

Te quedas muy bien cuando termina una película y te quedas tarareando esa última canción, la retina con ese plano final, recuerdas a los personajes (que hasta un asesino que sale te cae bien) y luego te das cuenta de que el musical es el género que mejor cuenta la mentira del cine. Que te da igual que “se note” que estás viendo un musical. Como en las películas antiguas de Fred Astaire, aquéllas en las que volaba junto a Ginger Rogers, se te acaba Las señoritas de Rochefort y te da una punzadita ahí adentro. Estas películas son algo que no se puede repetir.

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