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Cine, jazz y tú |
Allen desaparece del reparto en este viaje en el tiempo que supone Balas sobre Broadway. De vez en cuando Woody Allen hace las maletas con pasaporte al pasado: lo hizo con ésta, con La Rosa Púrpura de El Cairo, con La última noche de Boris Grushenko, con Sombras y niebla, con La maldición del escorpión de Jade, con Días de radio, con Zelig. Incluso hizo un único viaje al futuro con El dormilón. Pero en Balas sobre Broadway se quita de en medio, porque, como ha dicho en alguna ocasión, el director norteamericano se consideró demasiado mayor para algunos personajes. En este caso, el de un joven autor teatral, encarnado por John Cusack, que intenta hacerse un hueco dentro del mundo de las bambalinas allá por los años 20. Un convincente John Cusack que siempre me ha caído bastante bien. El guardaespaldas En Balas sobre Broadway hay teatro, humor y mafia. La película gira en torno a este autor que lleva a cabo el sueño de estrenar su obra de teatro. Lo malo es que si quiere estrenar, ha de tragar con que la novia del gangster que financia la obra participe en el elenco de actores. La novia del gangster es Jennifer Tilly,y el guardaespaldas que va a los ensayos para protegerla es Chazz Palminteri, un granuja de medio pelo que descubrirá que posee inquietudes a la hora de (re)escribir una obra de teatro. Si añadimos una genial Dianne Wiest, que se llevaría merecidamente el Oscar a la mejor secundaria, y aun magnífico casting de secundarios encabezados por Jim Broadbent, mal tenía que ponerse la cosa para no dar con una magnífica película. Y a fe que Balas sobre Broadway lo es. Yo no creo mucho en los premios, pero Balas obtuvo siete nominaciones a los Oscar y una estatuilla. Lo que más se me quedó, ahora al recordarla, es la lograda ambientación de aquellos alegres años 20, las luces del teatro y de la noche en Nueva York. Me acuerdo de una conversación existencial entre Cusack y Dianne Wiest sentados en el banco de un parque. The autumn leaves se ven detrás en la escena. Francamente, querida Dianne, en esta película estás para comerte. Cusack hace de Woody, como cuando lo hace Kenneth Branagh en Celebrity o Mia Farrow en Alice o La Rosa Púrpura de El Cairo. Hacer de Woody Allen debe de ser toda una bicoca para los actores. Imitación, diría alguno. Bueno, de todas formas se trata la invenciíon de un carácter, neurosis y siglo XX, by Woody Allen. Otra cosa me llamó la atención con Balas: Chazz Palminteri pasó a ocupar con letras de oro un puesto en mi Olimpo particular de los grandes del cine. Su papel de guardaespaldas, con esas ambiciones intelectuales tan alejadas del mundo de la delincuencia, sus decisivas contribuciones (“la gente no habla así por la calle”) a la obra de teatro del propio Cusack, sus copas de whisky cuando confiesa el lado oculto del gangster, verdadero ser o no ser de la existencia… Palminteri lo tenía todo a favor para rendirle el mayor de los respetos. Tuvo todavía algunos buenos años, algunos buenos papeles. Creo que ahora se ha refugiado en la televisión. No me olvido de una espléndida Jennifer Tilly y su irritante y agudo tono de voz, otra de las cosas con las que te quedas después de ver el film (“tiene que hacer de psiquiatra y ni siquiera conoce el significado de la palabra masoquista”) En la época se decía y era verdad: era legión la cantidad de actrices participantes en una película de Woody Allen que había conseguido la nominación para el premio de los Oscar. ¿No sería más justo hacerlo también con la persona encargada de dirigir de esa manera a estos actores? A veces olvidamos cuál es una de las más importantes labores de un director. Canciones de Broadway Dato curioso: las dos veces que la palabra Broadway ha aparecido en el título de una película de Woody Allen, las dos veces la película se ha manchado de mafia. Una es ésta, y la otra, Broadway Danny Rose. Conociendo como conocemos a Woody, ¿tú crees que todo es producto de la casualidad? Tengo el disco de la banda sonora, y, para aquél que no la haya oído aislada de la película, se lo digo: aisladla y oíd la banda sonora de la película. Es una banda maravillosa. Oyes a Al Jonson, oyes a Bix Beiderbecke, oyes la siempre simpática partitura del autor de las adaptaciones musicales de muchas de las películas de Woody Allen, Dick Hyman. También suena Duke Ellington. Aunque la película, en sí, no es una obra con jazz. Ya lo dice el título: estamos en Broadway y lo que suena en la película, amén de lo que ya se ha etiquetado con el consabido nombre de “típica música que suena en las películas de Woody Allen”, son grandes éxitos de los años 20 de la calle más famosa del teatro en el mundo. Temas que han conocido versión de infinidad de músicos de jazz, por otra parte: Thou swell, Nagasaki, You took advantage of me, Crazy rhythm. De verdad que son 43:48 de total time que merecen la pena oírse. Y Balas sobre Broadway no engaña a nadie. Se trata de una película pura y dura del amigo Woody Allen. Afortunadamente. Te quedas enamorado de Dianne Wiest, has hecho un par de nuevos amigos. Hasta te cae bien la mafia y todo. La verdad es que se hace duro cada vez que dejas de ver y se acaba una película de Woody Allen. Alguna vez lo he dicho, la desazón que te entra. Yo propondría: o subirse a ese escenario para convertirte en actor de teatro o acompañar a Mia Farrow cuando se sube a la pantalla de La Rosa Púrpura de El Cairo. La ciudad de Kansas, la Kansas City de toda la vida, mediados los años 30. Por toda la ciudad se anuncia el evento: duelo a tenor partido el Hey Hey Club entre los dos grandes del momento, Lester Young y Coleman Hawkins. Hasta que el cuerpo (y el alcohol) aguante. Los músicos afinan sus instrumentos. Entre bambalinas, el gangster negro Seldom Seen y sus secuaces ajustan más que las cuentas. Entre el público que se agolpa a la entrada, un chaval imberbe al que algunos llaman Charles y otros llaman Parker. La acción se desarrolla en el momento justo y en el lugar adecuado. Kansas City vive el apogeo de bandas como la de Count Basie, surgidas en los años 30 en el centro del mundo del jazz. Atrás quedó Nueva Orleans, Chicago. Y luego será Nueva York, pero ahora nos centramos en Kansas. Lester y Hawkins se disputan el trono del jazz. Ciudad sin ley. El hilo argumental de la película es otro bien distinto. Y ahí es donde entra de lleno una de las pocas visiones particulares que ha conocido Hollywood en los últimos 40 años. El cine de Robert Altman. Jennifer Jason Leigh, joven novia de un ratero, secuestra a la mujer de un influyente político para que éste logre liberar a su novio, capturado por una banda de gansgters que capitanea el dueño precisamente del local de la lucha de los dos tenores. O sea, que como vamos a visitar en bastantes ocasiones el club, escucharemos porque sí, queramos o no, jazz del bueno. Altman, que nació en Kansas City, se sirve del jazz (como en su día se sirvió del country en su fenomenal Nashville) para crear otra de sus típicas películas corales con insano humor y bastante mala baba. Un poco de corrosión no viene mal de vez en cuando. Si Altman elige alter egos en sus filmes, éste sería sin duda en Kansas City el personaje de Jennifer Jason Leigh, llamado acertada e intencionadamente Blondie, pícara muchachuela de los bajos fondos con aspecto de mojigata pero con las armas que la necesidad y el momento le deparan: tirar p’alante con un poco de mala leche. El personaje de Blondie, con la cual Altman hace en un momento dado un precioso homenaje a las rubias platino tipo Jean Harlow. Pero también está el de un recuperado y sorprendente Harry Belafonte en el papel de Seldom Seen, peligroso dueño de un club (cosa habitual en aquellos años) en el que no sólo domina el lenguaje del jazz. Capo al que no le temblará la mano a la hora de apretar un gatillo, o de mandar que lo aprieten. A mí Kansas City me gustó. Sé lo que puede dar el cine de Robert Altman, sus formas y sus tics (Altman era de los pocos directores que usaba todavía el zoom sin fines paródicos) Sé que tiene películas mejores; y no por que haya jazz me tenga que gustar sí o sí la película. A partes iguales son razones el cuerpo de Jennifer Jason Leigh, un saxo tenor a tempo de balada o la marca de los puros que se fuma Harry Belafonte. No lo sé. Jóvenes leones vs. Swing El jazz que acompaña a la historia es una magnífica banda sonora y el aspecto más logrado de la película. Para obtener un mayor grado de verosimilitud se reclutó a los mejores exponentes de la nueva hornada de jóvenes leones de los años 90 para que dieran vida a los músicos genuinos de la época dorada del swing. Así, el dúo Lester Young-Coleman Hawkins está (re)encarnado por Joshua Redman y James Carter. Pero aún hay más. En la banda que da apoyo al par de dos se sientan Jesse Davis, Don Byron, Nicholas Payton, Craig Handy, Cyrus Chestnut, Russell Malone, Mark Whitfiled o el cantante Kevin Mahonagy, algún veterano como David Murray o Geri Allen y algún histórico como Ron Carter. Es una gozada ver a tanto buen nombre reunido para la ocasión y es un deleite para el ultra del jazz adivinar quién es quién entre plano y plano y descubrirlos al final de los títulos de crédito. ¿Temas? Pues Moten swing, Tickle toe, Indiana, I surrender dear, Yeah man... Todo lo que se le podía exigir, y un poquito más, a un músico de, o que se diera una vuelta por, Kansas City a mediados de los años 30. Cuidado que ahora viene un spoiler. Realmente no lo es, pero cuento algo del final. Es la última escena, el último plano. El local, ya vacío. Un dúo de contrabajos, Ron Carter y su discípulo aventajado Christian McBride, el clarinete de Don Byron y la batería de Victor Lewis. Mientras (ahí viene el spoiler en sí) Harry Belafonte, a la sazón Seldom Seen, el capo de la mafia negra de Kansas, realiza un recuento de las deudas cobradas y saldadas. Mientras, el joven Charles, ese joven Parker, dormita soñando acordes imposibles después de haberse bebido una noche entera de jazz en una jam session de un peligroso club de su ciudad. Ya tenía yo ganas de ver Lady sings the blues. Hace poco que terminé de leer su autobiografía, que también se llamaba Lady sings the blues. El guión de la película de 1972 está basado en las letras impresas que Billie Holiday escribió en comandita con el periodista William Dufty dieciséis años antes. Sobre la práctica. Luego ves a Diana Ross haciendo de Billie, ves cómo transcurre la película… y me tengo que olvidar de que hubo una Billie Holiday. A grandes rasgos, sí, la película trata sobre una cantante negra que conoció las miserias que la vida le tenía preparadas desde su más tierna infancia; sobre una cantante negra que sufrió tratos vejatorios en sus comienzos como artista; sobre la vida de carretera y manta del músico de jazz, sobre los habituales problemas con el lado oscuro de la vida (buenas escenas el encuentro con el KKK o la visión de un ahorcado que llevará a la creación del Strange fruit). Todo ello jalona a grandes rasgos los acontecimientos que marcaron la existencia de Billie Holiday. Todo eso y más. Porque la película habla de bastantes episodios, ciertos, o maquillados pero ciertos, pero también se calla otros, a la par que decide tomar un camino, el de la morbosidad, e ignora otros tan absolutamente decisivos en la vida de Billie: la amistad-amor platónico con Lester Young, su unión con la orquesta de Count Basie, Benny Goodman. El director Sidney J. Furie prefiere lo escabroso, la recreación del biopic muy al gusto de Hollywood y sus mentiras pasado por el filtro de la gran pantalla. Clint Eastwood se lleva la palma del buen gusto cuando trata de manera sutil y elegante la fijación de Charlie Parker y las drogas (me ahorro el comentar el tremebundo título que en español el distribuidor eligió para esta historia de Billie) Total, que si me olvido de muchas cosas, como de que Diana Ross, que es maravillosa y la tengo en los altares con las Supremes y la Tamla Motown, pero lo único que me recuerda cuando canta es a ella misma, entonces diré, si me olvido de tanto, que Lady sings the blues es una buena película. Lo cual no quita a que diga que en su momento la película mereciera la nominación a los Oscar en cinco categorías, incluida la propia Diana Ross como mejor actriz protagonista, y que la película tiene momentos en que te enganche. Y lo digo, Diana Ross está inmensa en esta película. Diana canta y bien. A su estilo. Con ligeras inflexiones de voz para que el oyente habitual de Billie pudiera siquiera apreciar que se trataba de eso, de recrear la vida de su cantante negra. Mean to me, What a little moonlight can do, My man, Lover man, God bless the child, Strange fruit… Y de verdad que a veces parezca que en alguna ocasión se tratase de hacer una versión Motown de las canciones de Billie. No hay que olvidar tampoco quién era al fin y al cabo el productor y factótum de la película: el jefazo de la Tamla, Berry Gordy (entonces ¿se trataba todo de un vehículo para lanzar la incipiente carrera cinematográfica de Diana Ross más que de rememorar fielmente a Billie?) Nunca una película tuvo más razón al avisar al comienzo de la película sobre aquello de que cualquier parecido con la realidad no era sino pura apariencia. Pero no os asustéis. Igual que le pasaba a Música y lágrimas con Glenn Miller, la película está bien contada. La primera vez que vi a Alfie fue hace dos o tres años. No me disgustó cómo lo hacía Jude Law. Es más, me pareció que la película se salvaba gracias a cómo lo hacía Jude Law. El caso es que he visto después el Alfie de 1966. Y no me voy a poner a comparar. Porque Michael Caine es Michael Caine. ¿He dicho porque hablo aquí del Alfie del 66? En el Alfie del 66 hay un señor que compuso la música que suena a intervalos amorosos de Michael Caine. La banda sonora fue muy reputada en la época, el tema es pegadizo y lo compuso la inspiración de Sonny Rollins. El saxo tenor de Rollins es de los pocos estandartes vivos que quedan de aquellos maravillosos años. Las mujeres: todo un mundo Toda una filosofía impregna la vida de Alfie. Para dejárnoslo más claro, Michael Caine, a la sazón, Alfie, se dirige de continuo a la cámara para explicarle al espectador el por qué de sus acciones, el por qué de sus amoríos, el por qué de las mujeres. Alfie tiene el irremediable don de enamorarlas a cada vuelta de esquina del Londres de la época sixties. Ya sean con anillo o sin anillo, de alta alcurnia o de pie de autopista, Alfie encuentra irresistible poder averiguar en primera persona cómo piensan las mujeres. Ni siquiera un contratiempo en forma de seria afección en los pulmones le supone obstáculo de importancia para sus cometidos: en la clínica de reposo conocerá al marido de otra de sus conquistas. A la alta alcurnia pertenece el personaje de Shelley Winters, señora que iba entrando ya en carnes por aquellos años y que sucumbe obviamente a los encantos de sir Michael Caine. Me parece que en la de hace dos o tres años este personaje lo hace Susan Sarandon un poco más desarrollado en la trama. Quizá tendrían que haberle dado más cancha a Shelley Winters y todas sus dotes. La huella de un actor ¿He dicho que Michael Caine está genial? Me viene a la memoria La huella de Manckiewicz. Cuando quiero referirme al protagonista rubio de Frenesí de Hitchcock, siempre digo: ese actor rubio que se parece a Michael Caine. Parece casi un insulto la superioridad de los actores que son tan buenos como es Michael Caine. Hasta parece que han hecho películas que han hecho los demás. Me gusta que no haya moralina, por lo menos no tanto como la moralina que trae consigo lo políticamente correcto del Alfie de Jude Law. Aquí hay un aborto y punto (fugaz y genial escena con Denholm Elliot) Hay un perro que abre y cierra la película que confirma aquello del mejor amigo del hombre, pero no digo más. Jazz in London Town Hacía tiempo que sabía que la banda sonora era de Sonny Rollins. Hay una canción de Burt Bacharach, pero, aunque a Bacharach le han versionado mucho en el jazz, yo voy a hablar de jazz. Hay una guitarra que suena en el grupo de Rollins. Ese Kenny Burrell. Phil Woods estaba también por la banda. Si queréis oír la banda sonora, oídla, porque se puede escuchar independiente de la película. El tema leit motiv de Alfie aparece y desaparece. Es un riff de los que no se te olvida. La leyenda famosa de Rollins bajo del puente de Williamsburg aquí podría ser la de Rollins bajo la Torre de Londres, a orillas del Támesis. Hay cosas que pueden contarse de manera elegante, con estilo. Qué mejor que Michael Caine sea el elegido. Ya si te mira directamente a los ojos, todo lo que te cuente Alfie te lo tienes que creer. A pies juntillas. Te lo dice alguien que sabe jugarse los cuartos. Casi no me acuerdo de Pete Kelly’s blues. Del argumento no me acuerdo, pero era algo de gangters y jazz, en plan serie b de los años 50. No es lo que más importa, de hecho. En toda serie B lo que cuentan son las ganas. Había jazz, porque los protagonistas son un grupo de jazz de los de carretera y manta. Ya digo que no me acuerdo cómo se conectaban con la mafia, pero supongo que tenía que ver con la noche y las mujeres. Ahí leeréis el argumento. Por lo que sí recuerdo Pete Kelly’s blues es por dos cosas. Una, que en una de esas noches de carretera y manta, los integrantes de la banda se la pasan cantando Bye Bye Blackbird como si fuera la canción más heavy del jazz en plan juerga nocturna. La otra cosa por la que recuerdo la película tiene nombre, apellidos y presencia: Ella Fitzgerald. Ella Fitzgerald sale cantando en el club de jazz que regenta. Tiene líneas de diálogo. Y ciertamente que Ella tenía una presencia, más allá de la rotundidad de sus formas, que a uno le acaban por convencer. También está su socarronería en forma de media sonrisa, la misma media sonrisa que tiene en la carátula de este disco junto a su amigo Louis Armstrong. El director era director y protagonista, Jack Webb. No se conocen grandes logros por parte de este buen hombre que pronto se pasaría a la televisión. Sí que suenan estos nombres: Lee Marvin, Edmond O’Brien, Peggy Lee. Jayne Mansfield en un pequeño papel. Y para el aficionado al jazz tienen que sonar otros, como Herb Ellis o Nick Fatool, con diálogos incluso en la película. La voz cantante la llevan Peggy Lee y Ella Fitzgerald. La banda la forman gente competente del jazz de la época: Joe Venutti, Maty Malnock, Don Abney, Teddy Buckner, gente que ora grababa discos de jazz en la West Coast como también se metían en un estudio para grabar bandas sonoras en las orquestas de las grandes compañías. Aunque no fueran de jazz. Pero la película se ve con todo agrado. Ya sea por el ambiente que se crea cuando la noche se emparenta al jazz, por esa atmósfera de serie B, por la carretera y manta, por los gangsters o por ver un momento a Jayne Mansfield. En ese momento ésa es tu película y nadie te la puede arrebatar. Ésta es una de esas películas de las que uno tiene que erigirse en guardián. Por el bien del cine B, por el bien de los olvidados del cine, por el bien de una noche en un club de jazz. Porque nadie se acuerda de películas como éstas. Pues a mi Blow-up me gusta. Ya sé que, de entrada, hay gente que no soporta a Antonioni. Hay gente que incluso abomina de la etapa post-Italia de Antonioni más que la italiana en si. Yo tampoco lo soporto en algunas películas. Pero a mí Blow-up me gusta. Y no creo que sea porque se inspire la película en aquella historia de Cortázar. Igual es que el protagonista de la cosa me cae bien. O que salen Sarah Miles o Vanessa Redgrave. O que sale de jovencita esa maravilla de francesa que se llama Jane Birkin. Blow-up me gusta. Me enteré viendo y oyendo los títulos de crédito que esta película tenía esa banda sonora y que la había compuesto Herbie Hancock. Pero no fue razón para que me gustara más. Creo. Supe antes de verla lo de Cortázar, pero más que basada, la película está inspirada. Traducida de manera grotesca al español como Deseo de una mañana de verano, Blow-up es la historia de un fotógrafo de moda que descubre un asesinato a raíz de una serie de fotografías que realiza en un parque londinense a una pareja de enamorados. La trama se enmaraña luego y se pierde en mil disquisiciones de la movida de la City, pero me sigue gustando a pesar de todo. Hay mucha psicodelia, mucha modernidad, mucha tontería también. Digo que el argumento a ratos se desmadra y eso es bueno, porque eso es lo inesperado y lo que le da aire fresco a la cosa. Antonioni opta: hay mucha imagen y poca palabra. La música de Herbie Hancock bordea, si no sobrepasa ya, el límite de lo permitido en jazz convencional. Casi es pop, hay un tema de los Yardbirds, pero de pronto suena una trompeta triunfante: el gran Freddie Hubbard. Ahora, mejor escuchar la música integrada en la película. Y sí, vista hoy Blow-up ha caducado en su factura. Toda la película que nace con intención de ser moderna acaba por ser la primera que termina siendo vieja. A Blow-up también se le ve el plumero en ese sentido. Pero lo digo. A mí Blow-up me gusta. Qué horror esa expresión a veces de película de culto. Gacela nocturna Susan Hayward llevaba veinte años haciendo cine. A pesar de tener la frente un poco despejada, Susan Hayward siempre tuvo todas las papeletas para entrar en mi Olimpo particular de gacelas de cine. La pelirroja. Sin ser la mujer perfecta, sin ser la mujer que colmaría mis sueños, Susan Hayward tiene algo que le añade un punto extra a la escena en la que aparece ella. Un toque entre vulgar y macarra, por un lado, pero al mismo tiempo delicado y frágil, por otro. Todo ello tiene que mostrar en esta película que dirige Robert Wise. Porque de todos esos matices, y del bagaje que dan los años, tiene que echar mano Susan Hayward para dar vida a esta Barbara de moral controvertida. Un Oscar le esperaba cuando terminara la película. Quiero vivir se basa en hechos reales. La tal Barbara Graham debía ser una buena pieza. Delincuente de bajos fondos, esas compañías que ella tenía, amistades peligrosas. Barbara Graham fue condenada un año por perjurio, luego siguió frecuentando ambientes oscuros hasta que dos individuos conocidos por ella la acusaron de ser la autora del asesinato de una anciana que ellos mismo habían cometido. La pena a la que se enfrentará es la cámara de gas. Para entonces Graham había rehecho su vida con un camarero y un hijo propio. Un periodista, Ed Montgomery se hizo cargo del asunto, hasta el punto de involucrarse emocionalmente en el proceso de Barbara Graham. El personaje de Montgomery abre y cierra la película hablando directamente a la cámara, poniendo en antecedentes al espectador e implicándonos de paso a todos en la historia. Concienciándonos de la todavía existencia de la pena capital en pleno siglo XX. La película empieza como una oscura película de ambiente tabernario y desemboca en una competente cinta de suspense carcelario. El reparto está plagado de magníficos característicos sin mucho nombre, algo única y exclusivamente pensado para el lucimiento de la protagonista, personaje polar sobre el cual gira la trama de la película. Robert Wise era ese todoterreno que igual te hacía Star Trek como West Side Story, pero que con la tontería te ganó dos Oscar. Y te dirige de forma concisa con la cámara a los aspectos esenciales de la historia (casi de manera documental en el último tercio de la película) pero lo que destaca sobre el resto, más que una actriz, es una extraordinaria mujer actuando en una película. Jazz en la Costa Oeste A Susan Hayward le gusta marcar el ritmo del jazz con la punta de los pies. Gran parte de la acción transcurre de noche. Y el jazz es la música elegida para ambientar esas horas. El grupo que toca el jazz que suena en el club al que suele ir Susan Hayward toca una mezcla de bop y de west coast. El hombre larguirucho que emboca el saxo barítono no es otro que Gerry Mulligan, en persona. Una de las figuras clave en el surgimiento de sonidos como el cool y la west coast. El grupo que le acompaña no tiene desperdicio. Se les puede ver a todos ellos en un par de ocasiones y oír el resto de la banda sonora: Art Farmer nada menos es el trompeta; Frank Rosolino, el trombón; Gerry toca el barítono. Bud Shank es el saxo alto. El pianista es el finísimo Pete Jolly. Red Mitchell toca el contrabajo Shelly Manne es el batería. Casi nada. Lo que suena aquí son temas originales todos de Gerry Mulligan, compositor y arreglista de los que ha habido pocos en la vida. Temas perfectamente ensamblados en la banda sonora de la película, que también pueden escucharse sentado tranquilamente en el sofá. El resto de la música incidental es de Johnny Mandel, autor por cierto de composiciones versionadas por bastantes músicos de jazz. Eso de salir en pantalla a Mulligan debió de picarle el gusanillo, ya que el propio Mulligan trabajó como actor en varias películas con posterioridad. En la primera de ellas, The subterraneans, del año 59 y basada en la obra de Jack Kerouac, conoció a la que fue su segunda mujer, Judy Holiday. Malograda actriz, desaparecida demasiado pronto. Puede que la película con el tiempo pase más o menos desapercibida. Pero en su momento significó que fue nominada a mil y una categorías de los Oscar, y una de las primeras ocasiones en que Hollywood se atrevía con el delicado tema de la pena de muerte en América. Todavía brillan hoy la fuerza y el rigor (figura del periodista) que envuelven la película. Ese carácter casi documental de la última parte. El suspense. Evidentemente, Susan Hayward. Mojigata en otras ocasiones, aquí Susan lo que hace es dar el do de pecho para gritar alto y claro lo que pone en el título de la película. El mayo del título es el de 1968. En Francia. Milou en Mayo es otra de las películas de Louis Malle que ambienta con jazz. Milou no es ninguna mujer, como puede pensarse. Milou es Michel Piccoli, ese sinvergüenza que hace de si mismo en todas las películas, desde Buñuel hasta Berlanga, por poner dos ejemplos que no son franceses. Mamá se ha muerto y quién se queda con la herencia. La campiña francesa. Milou y la madre muerta vivieron toda la vida en la casa de campo. Los familiares llegan bajo el reclamo de la riqueza. Las noticias que vienen del mayo de París solamente las saben de lo que escuchan por la radio. Pero aquí lo que les interesa son otras cosas y sacar la mejor tajada. En la película salen dos lesbianas, un camionero salido, canutos, una adolescente por la que suspira Milou y algunas otras relaciones cruzadas. Quién quiere del París de ese mayo, con este panorama. A partir de ahí, Malle se deja de rollos y desboca una situación de caos controlado y libertinaje costumbristas para deshacer el entramado burgués existente hace casi 40 años. Y lo hace con la sorna del violín de Stephane Grappelli. Muy al estilo de Familia de León de Aranoa, sólo que Louis Malle es anterior. Destacan dos actrices: Miou Miou y su sempiterno corte característico de pelo rubio; y Dominique Blanc, que es una de las dos lesbianas, pero que al final se decanta por el camionero salido. No me olvido de la madre muerta, una habitual del viejo cine francés, a la cual rondan la última noche en un libérrimo baile de despedida vital (la madre está convenientemente acicalada en una de las salas de la casa de campo desde que se muere al principio de la película) Qué le van a contar a estas alturas a Stephane Grappelli. Intuyes que Malle le dio rienda suelta. Toca, Stephane. El repertorio va desde clásicos como el Autumn in New York hasta piezas compuestas especialmente para la película… por el propio Louis Malle. Lo desconocía. Merece la pena ver las películas de Louis Malle. Malle se desvive por huir de lo políticamente correcto, gracias a Dios. Ahí está La pequeña o Lacombe Lucien. O Le souffle au coeur. Lo digo por detalles que hoy día serían tachados de malsanos (el amor que siente por las chicas jóvenes) y que se negó a obviar en su etapa americana (ver los pechos de Susan Sarandon, inolvidable en Atlantic City; de nuevo Brooke Shields en La pequeña) Por lo tanto, intentar verse todo el cine de Louis Malle es obligatorio. Ciertamente que prefiero otras suyas, pero dame Malle, que no me cansaré. Incluso hay jazz en una película que no tiene música (sólo suena Joshua Redman en los títulos inicial y final) como es Vania en la calle 42, esa maravilla del año 93. Lástima que hace ya trece años se nos tuviera que marchar el marido de Murphy Brown. Estas cosas no se hacen, Monsieur Malle. Alemania, primeros años 30. Hitler fascina a casi todos los alemanes y el jazz a unos pocos chavales imberbes. A estos chavales imberbes les gusta escuchar a Benny Goodman, a Duke Ellington y a Django Reinhardt. Lo malo es que a los que les fascina Hitler y al mismo Hitler no le gustan ni los judíos, ni los negros ni tampoco los gitanos. ¿Qué fue antes, el huevo o la gallina? ¿No les gusta el jazz o no les gusta el jazz porque lo inventaron los negros y lo tocaban blancos judíos o gitanos? Son tres amigos adolescentes los que se pasan como pueden los discos del vinilo prohibido. Robert Sean Leonard, Christian Bale y Frank Whaley. Unidos por el jazz, Alemania les tiene preparado un futuro de raza aria y blanca en las Juventudes hitlerianas. Lo cual no será óbice para que crezcan a hurtadillas entre la libertad del ritmo sincopado del swing y las grandes orquestas, verdaderos vientos de libertad procedentes de Norteamérica. Los rebeldes y el swing. Adiós, inocencia, adiós Pues es una historia cierta y verdadera. Estos swing kids existieron. Se trató de un movimiento más o menos contestatario, más o menos subversivo (todo lo que les dejaba la aplastante e intolerante apisonadora nazi) que se concentró en la ciudad alemana de Hamburgo. Los rebeldes se dejaban pelo largo, eran anglófilos perdidos, llevaban bombín y sacaban el paraguas aun cuando hubiera días de sol. Pero uno de esos días llega el momento en que el hombre tiene que empezar a ser hombre: las juventudes hitlerianas llaman a sus puertas. Dos de los tres amigos (Leonard y Bale) se alistan. El tercero nunca podría ser un joven de Hitler: el tercer amigo es un lisiado, cojea de una pierna y eso, amigo, está mal visto en el reino de los arios perfectos. Lo pasará mal este chico. Las características de este tercer personaje es un hermoso homenaje a Django Reinhardt. Django Reinhardt es el ídolo del personaje lisiado y a Django se enmraca dentro de la categoría de lisiados varios: los dedos mutilados de Django, mano izquiera en el mástil. Pero ya sabemos que a Django eso le importaba un pimiento. La película es de 1993. El director es Howard Carter, un asiduo de la televisión que prácticamente no ha vuelto a hacer más cine. Además sale Barbara Hersey, una de las mejores actrices que hay en América. Sin más. De jefe nazi sale Kenneth Branagh, competente en su papel de nazi. En la película, Branagh intenta beneficiarse de Barbara Hersey, a la sazón madre del personaje de Robert Sean Leonard. Leonard comete un pequeño delito pero la intervención de Branagh atenúa su previsible castigo. Todo por el amor de su madre. La historia, en si, no abandona en demasía la convencionalidad. Tiene unos números de baile espléndidos, la música. La relación de los amigos se sigue con agrado y el personaje de Christian Bale sufre una interesante transformación cuando conoce las verdades del Mein Kampft. Correcto todo. Hablemos de la música. Música tabú Lo dicho. Aparte del homenaje a Django Reinhardt, suena Django Reinhardt, Count Basie, Duke Ellington, Benny Goodman, Jimmie Lunceford, Louis Prima. El jazz prohibido. Pero aquí aparte el jazz lo bailan, cosa que no deberá extrañar: el jazz, cuando se inventó, se inventó para bailarlo. Algunas de las piezas son recreaciones de orquesta llamémosles del estilo neo swing del mismo año 93. Quiero decir que no siempre las bandas originales. La música incidental es de James Horner, pero aquí estamos para hablar de jazz. Y el jazz bailado lo bailan muy bien. Los actores bailan, aunque canta un poco, como en muchas películas en las que teóricamente son todos aficionados rasos de la calle, canta un poco, digo, que todos bailen la mar de bien. Muy profesionales, vamos. Miembros de algún ballet, me explico. Película simpática, entretenida, Swing kids, que se deja ver, pero que, puestos a elegir, sobre todo se deja oír. La película te la ves y te compras el CD. Al niño protagonista que sufre El soplo al corazón le gusta mucho Charlie Parker. El niño protagonista, que ya casi no es niño porque en la película perderá su virginidad, dice algo así como que el jazz clásico le aburre porque es una música un poco monótona. El niño protagonista tiene mucho de autobiográfico, como también lo tenía Au revoir les enfants. El niño protagonista, tanto de una como de otra, podría ser su director, Louis Malle. La acción de El soplo al corazón se sitúa en 1954. El niño protagonista está dejando de ser niño. El niño protagonista tiene dos hermanos mayores que le van a despertar un apetito distinto al que conocía cuando se sentaban en familia de noche para cenar. El niño protagonista tiene una madre italiana y cariñosa. La madre es Lea Massari y el niño le corresponde en su cariño de hijo. Dejo para el final lo que sucede luego, porque tiene que ver muy mucho con el desenlace. Aviso. El niño protagonista dejará de ser niño cuando sus dos hermanos lo lleven de putas al pueblo. El niño protagonista se masturba en casa con la puerta cerrada mientras escucha a Charlie Parker y lee a la vez Escupiré sobre vuestra tumba de Boris Vian. Escupiré sobre vuestra tumba es un libro delicioso escrito por un francés como si lo hubiera hecho con una pluma de negro. El niño protagonista lee y admira también a Albert Camus. En la familia del chico por eso lo tienen como el geniecillo. Sobre todo lo dice el padre, que no lo aguanta. Pero para compensar, ya está la madre italiana y cariñosa. Después de que conozca por primera vez en su vida a una mujer, al niño protagonista, que miente varias veces en su edad (tiene 13, pero para impresionar a sus conquistas dice tener 15, 16 y medio) le da el soplo al corazón. Al niño protagonista entonces lo llevan a una especie de sanatorio del corazón. Allí conocerá a un compinche y una rubia que comparten las mismas inquietudes que él. En el sanatorio le acompaña su madre, la madre italiana y cariñosa del niño protagonista. El niño protagonista tiene un saxo alto de pega en la pared de su cuarto. El niño protagonista tiene varias fotografías de Louis Armstrong en la pared de su cuarto. Hay una foto de Louis y una trompeta que es del año 71, pero me da igual ese anacronismo. El niño protagonista roba el último disco de Charlie Parker mientras se inventa una colecta a favor de los franceses que luchan en Indochina. Durante la película Francia pierde Indochina. El niño protagonista roba el último disco de Charlie Parker porque en el disco Charlie Parker toca el alto sólo con un trío de piano. En El soplo al corazón también se nombra a Jelly Roll Morton, que fue un pianista que nació fuera de tiempo. Lo que suena casi siempre de Charlie Parker son blues. Esta película confirmaría lo que tantas veces he leído en algún sitio de obligado conocimiento. Los hermanos del niño protagonista le regalan un disco de Dizzy Gillespie cuando el niño protagonista enferma. La madre del niño protagonista, italiana y cariñosa, pide que quite el disco de Dizzy Gillespie porque le duele mucho la cabeza. Me gusta mucho la naturalidad que tiene el clímax de la película. El niño protagonista falla en sus intentos por conquistar a la chica rubia. La madre italiana y cariñosa sigue igual de italiana y cariñosa que al principio. Antes de que llegue el clímax de la película, el niño protagonista ha visto a su madre mientras se bañaba y la madre cuando se da cuenta le amonesta dándole una torta. Antes ha sido la madre quien le ha visto a él desnudo. Me gusta la escena del incesto porque otro director no hubiera huido de lo escabroso. Me gusta lo que le dice la madre italiana y cariñosa al niño protagonista: “No lo repetiremos nunca más, pero no te avergüences de ello cuando lo recuerdes. Recuérdalo con ternura”. El soplo al corazón es una película preciosa. Tiene amor, tiene jazz, un niño que deja de ser niño y una madre italiana y bastante cariñosa. |
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