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Cine y Jazz

El perseguidor: Cuando Johnny se llamó Juan

El perseguidor: Cuando Johnny se llamó Juan

No me convencen demasiado las adaptaciones que para el cine se han hecho de la obra de Cortázar o su figura. Excepción, el documental Cortázar, de Tristán Bauer o la denostadísima Blow Up de Antonioni. La última decepción, sin ser una decepción total, ha sido El perseguidor, la versión cinematográfica que dirigió en 1965 el director Osías Wilenski de la genial obra del gran Julio. La acción se traslada a Argentina, Johnny no es Johnny, sino Juan, a pesar de que en la película sus amigos le llaman Johnny. La película se llama igual que el cuento largo de Cortázar pero no llega ni muchísimos menos a la altura del original. Si empezamos por las formas, hasta puede calificarse un poco de pobreza visual.

El argumento sigue a grandes rasgos a Cortázar, es fiel al espíritu, de hecho. Claro, si nos olvidamos de que en lugar de un negro es Juan, y en lugar de un Nueva York es Buenos Aires la nuit. Ambiente bohemio en el que se mueve nuestro Juan, universo de sexo y drogas mitigado por las épocas de los 60 y censoras y un poquito plasta el ritmo. No destaca ningún personaje, porque en la película lo que le pasa a Juan no es ni de lejos lo que llega a interesarme el Johnny de papel. Si se me apura, algo tópico, como en otras tantas ocasiones, la visión del mundo del jazz. Ya se sabe, Juan (Johnny) es un saxofonista que cuesta abajo flirtea con drogas, noches, sexos y peligros adyacentes. Si el libro parece una sempiterna y subyugadora voz en off, en la pantalla la cosa corre peligro de convertirse en pestiño.

La música de Rubén Barbieri y el saxo de su hermano Gato Barbieri, que es quien suena en la banda sonora de fondo y cuando parece que toca su saxo el protagonista, tampoco es para echar cohetes. Saxo al servicio del cine, poco que ver con el estilo Barbieri a lo Coltrane. Con lo cual, casi cabe decir escuchen a Barbieri en disco y lean El perseguidor. Ya lo dijo el viejo chiste de las ovejas: me gustó más el libro.

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Viudas del jazz: amor entre metales y maderas

Viudas del jazz: amor entre metales y maderas

No entiendo el título en castellano de Orchestra Wives. Porque en la película mal llamada Viudas del jazz no hay ninguna viuda. Lo que la película quiere contar son las relaciones e historias consecuentes de las mujeres, novias, queridas o amantes de los miembros de una orquesta de jazz, por cierto que si en la película se llama orquesta de Gene Morrison, en realidad se trata de la orquesta de Glenn Miller, los cuales todos ellos participan en la película. Cuestión por la cual viene esta película al blog. Glenn Miller, jazz y aunque no sea más que soft jazz lo que el director afamado de big band mandaba tocara  sus chicos.

Dejamos aparte el dichoso y engañoso título. La película cuenta los avatares de las rubias y morenas chicas de la orquesta no tan ficticia, por ser tal real. Trucamos de nombres y de Miller pasa a ser Morrison. El director, Archie L. Mayo, autor de tantas y variadas películas de estilos más variados aún.  Eficaz, como siempre, vale para un siete, un descosido y para lo que le echen. La película en sí, no llega a ser ramplona, sino correcta. Historia inocua, ingenua y blanca. Orquesta de blancos para un jazz soft. Las chicas de la orquesta, muy monas. En la orquesta toca el piano un César Romero galán de la época en B/N. En cuestiones interpretativas, poco más que decir, menos comentar. Flojita la cosa. La historia se ve, incluso se deja ver, que ya es mucho para una trama tan sosica. No da para más.

Argumentalmente no pasa de los tejemanejes de novias, músicos, esposas, vodevilescos e interesados embrollos sentimentales y demás convivencias que el on the road de una orquesta provoca en esas relaciones conyugales. El guionista no se rompió mucho la cabeza.

Los temas musicales son clásicos de Miller en la piel de Morrison. Dicho sea de paso, Miller lo hacía mejor dirigiendo (orquestas) que actuando (en películas). Tiene un par de frases, quizá tres. Miller a tus zapatos. Los temas. Chatanooga choo choo, Serenade in blue, At last. Estilo tan trivial como el de bastantes de las composiciones de Miller. Tex Beneke, a veces, como cuando Miller le daba solos de sus arreglos. Es el saxo y voz de la banda. Hay algún tema cantado con gracia de la época (algo cursi pero efectiva) por parte de los Mordenaires. De aledaño al jazz, los Nicholas Brothers, un par de bailarines negros que no lo hacían nada mal, tiene un air dancing bastante majo.

Así pues, el jazz también tiene cabida en películas menores, incluso casi olvidables. El interés, Miller, rubias y poco más. Poquico más.

Jazz on a summer's day: Un verano con jazz

Jazz on a summer's day: Un verano con jazz

Tras Newport 56, es decir, tras que Duke Ellington pusiera patas arriba el festival que George Wein organizaba en la ciudad costera de Rhode Island, Atlántico norteamericano (el solo de Paul Gonsalves, Diminuendo and crescendo in blue) al fotógrafo de moda Bert Stern (famosas últimas sesiones fotográficas de Marilyn) se le ocurrió filmar dos años después la cita jazzísitca por autonomasia en busca de emociones fuertes, por si acaso se venía debajo de nuevo el público que acudía al festival. No sucedió así en esta edición de 1958, por lo menos así lo cuentan las crónicas y así he podido verlo en el citado documental. Firmado al alimón por Stern y por Aram Avakian, también fotógrafo y postrer director un poco maldito, pero hermano del productor de jazz George Avakian. Les supongo a ambos, Stern y  Avakian, amantes del jazz y de ahí la realización de est documental.

Mil, más fotografías podrían sacarse de esta película y casi no es hipérbole. Los primeros planos de los artistas encima del escenario dan fe. Cámara fija en muchos momentos para retratar a Anita O’Day, Louis Armstrong o cualquier solista que apareciera por ahí. Porque artistas y muy buenos hay en esta escasa hora y veinte minutos. Louis, Anita, pero también Gerry Mulligan, Thelonious Monk, Dinah Washington o Sonny Stitt. Y Mahalia Jackson, quien se encarga de cerrar brillantemente la película. Incluso hay cancha para gente como Chuck Berry o Big Maybelle.

Faltan figuras que participaron ese año, y quizá por motivos contractuales no aparecieron en el film nada menos que Ella Fitzgerald y Billie Holiday. Aún así, con lo que presentan los directores, dan ganas de acudir allí y de escuchar más de un tema por artista. Sólo a Louis y a Mahalia los directores les “dejan” más de un tema. A lo largo de varios días se sucedieron las actuaciones, julio del 58, jazz en unos días de verano. Al tiempo que escribo esta reseña, 53 años después. Ésa puede ser la pega, sí, que se oiga más de los conciertos, pero para eso el documental sería de un metraje harto superior.

Igual no fue la mejor edición de un festival de jazz, pero lo que es seguro es que lo que se ve y lo que decidieron incluir está muy bien filmado (otros documentales musicales pecan de enseñar sólo la actuación sin más adhesivos visuales o fuera del concierto) y que uno se lo pasa realmente la mar de bien. Ese rostro sudoroso de Louis o el silencio, la contemplación del público que asiste al último tema de Mahalia Jackson, merecen muy mucho la pena.

Todas las canciones hablan de mí: Crónica de un desamor

Todas las canciones hablan de mí: Crónica de un desamor

(Recupero de nuevo el trajín del blog. Lo siento, ha pasado demasiado tiempo, pero esta tarde he visto esta película y me he encontrado un nombre conocido en la banda sonora).

Todas las canciones hablan de mí tiene un director que con el tiempo hará magníficas películas. Jonás Trueba (olvídense del apellido, por favor) ha dirigido un ensayo fílmico que cuenta con bastantes imperfecciones y tiempos muertos, pero a cambio de ello no le sobra nada. Es la película que quería hacer. Le ha salido tal cual. Tiene unas influencias harto elocuentes (Truffaut, Rohmer y Demy) de la forma de hacer cine francés, influencias que me gusta observar en la película; y a pesar de que el cartel recuerda a Manhattan, la influencia de Woody Allen, que la hay, es menor que la de Francia. Tiene una banda sonora excelente, con Perico Sambeat y el jazz. Tiene un final emocionante, diferente, con también alguna influencia de Billy Wilder, creo. En Francia habrían hecho un musical de esta película. Pero aquí viene porque en ella suena jazz, Bill Evans y el buen hacer de Sambeat. Amén hay canciones de amor (Battiato, verbi gratia).

Oriol Vila y Bárbara Lennie acaban de cortar pero Oriol Vila no se olvida de ella, como no haríamos ninguno con dos dedos de frente. Es lo primero que vemos, él y ella habiendo roto en una cafetería, como amigos. En casi todas las películas románticas las parejas están enamoradas o en vías de. En el transcurso de esas películas también pueden romper, pero lo que pasa aquí es que han roto y a pesar de eso se siguen viendo. No es como en las películas americanas donde siempre quieren dar una ñoña y estúpida vuelta de tuerca al típico “chico busca chica”. Aquí se muestra el lado oscuro del corazón abatido (al protagonista no le gustan los lugares comunes ni los tópicos en el amor y a pesar de eso sigue cayendo en ellos). Se muestra el desamor después de muerto aquél. Oriol Vila, o Ramiro Lastra en la película, un joven librero que trabaja en la tienda de su tío, se ve con su ex, pero también con otras ex o pretendientes a ex. Ramiro vine en la contradicción, en el recuerdo, en el interin entre lo que pasó y lo que está por llegar. De alguna de esas cosas hablan las canciones que suenan en la película.

Jonás Trueba (olvídense del apellido) se hace invisible en la película. Tiene mérito que un director novel lo consiga ya en su primera cinta. Sin dejar de que se note en ningún momento su sello. No faltan frases afectadas, un tanto pomposas y sentenciosas. Primeros planos recurrentes, frecuentes. Algún ejercicio de estilo. O las influencias francesas. No quiere decir ello que canten en todo momento. Algunos instantes (la relación Vila-Lennie, sus diálogos) lo exigen y lo requieren. Y en otros muchos da la sensación de que nos están contando la película sin luces ni taquígrafos, de que más que lo que vemos supiéramos lo que pasa por la mente de los personajes. Una película que no veríamos en un primer montaje.

La banda sonora, además, no supone un uso indiscriminado ni embriagador de canciones, sino más bien lo contrario. Algunas se integran perfectamente en la acción y otras ni te enteras de que adquieren el protagonismo justo. Mención especial para la partitura de Perico Sambeat, el saxofonista valenciano. Evidentemente, con el título que lleva la película, la banda sonora juega un papel importante. Y Sambeat compone una música con reminiscencias a lo Bebo Valdés y el piano se inmiscuye en varios momentos acentuando los silencios, dotándolos de una significación extra. Un trabajo diferente al que nos tiene acostumbrado Perico pero perfecto para el objetivo cinematográfico.

Y apunten el final de la película, en el cual la música (piano, bajo y batería) tiene una más que relevante actuación. Formal, estética y cinematográficamente hablando, buen final. Ahí, en esas ocasiones es donde se vislumbran las esperanzas de un futuro cinematográfico.

El criminal y Eva: Joseph Losey con jazz

El criminal y Eva: Joseph Losey con jazz

Tomo dos películas de Joseph Losey que me he visto esta semana. Filmoteca de Zaragoza. El criminal y Eva, años 1960 y 62, respectivamente, porque en ambas hay jazz. En la primera, The criminal, una historia de cárceles y ladrones, la música la pone Johnny Dankworth, uno de los mejores saxos altos de la Gran Bretaña. A la segunda, Eva, historia de amour fou, un habitual de las bandas sonoras que vienen a este blog, Michel Legrand, y protagonizada por otra que puede venir aquí todas las veces que quiera. Me refiero a Jeanne Moreau.

El criminal: el jazz de la cárcel

El criminal es una película carcelaria. Stanley Baker, actor fetiche del director británico Joseph Losey, es el criminal del título, Johnny Banion, a punto de salir de prisión, y que ya ha ideado el plan para cometer el robo de su vida. Lástima que las cosas no salen como él quisiera una vez fuera, en la calle, robo ejecutado. Volverá a dar con sus huesos entre rejas pero, si antes era el rey, las cosas han cambiado con su retorno.

El criminal tiene una banda sonora repleta de jazz, y dadas las características de la trama, es un jazz machacón y omnipresente. Es decir, personaje atormentado, obsesionado por el dinero, por el robo que le retire, por la angustia de la vida en prisión, las relaciones con los funcionarios, los compañeros de su banda, antes y después del robo; todo ello hace que el jazz persistente en tiempo y casi en espacio (barrotes y muros de la cárcel) compuesto por Dankworth, y en gran banda, acentúa la tensión de personajes, los instantes en que se comete tal o cual fechoría, tal o cual paliza. Abundan los primeros planos, hay momentos en que al jazz le acompaña el soniquete de las protestas de los presos. Y tal presencia de la música puede que perjudique a la película. No porque el jazz de Dankworth sea malo, ni muchísimo menos, sino porque en algún momento puede subrayar en exceso. Suena una muy bonita canción, que canta Cleo Laine, a la sazón esposa de Johnny, con un espíritu jazz muy puro.

Y la película, a día de hoy, puede que haya quedado algo desfasada. B/N no falta, los personajes dentro de la cárcel están bien dibujados, bien interpretados. Pero la parte final se ensimisma en los tópicos y en el ombligo de la traición y la culpa.

Eva: amores locos

Eva no tiene nada que ver con El criminal. Sale Jeanne Moreau, te enamora Jeanne Moreau, y es una historia de amores locos, amores perros. El caso es que Eva, o sea, la Moreau, es una joven mujer de cascos ligeros, que se diría antes. Esta moza (Eva, nombre elegido no sin motivo) de buen vivir se cruza en el camino de Stanley Baker otra vez, que aquí encarna a un escritor galés de gran éxito afincado en Italia ya que aquel cine está adaptando sus novelas a la gran pantalla. Está a punto de casarse, con lo cual queda claro cuál va a ser el conflicto de la película. Bloody Welshman, le dice Eva en un momento de la película.

Porque es una historia atormentada, Eva, quien aparte de los hombres odia a las mujeres viejas, va más por libre que mandada a hacer de encargo. Mentirosa y caprichosa, tiene al escritor a mal traer. En Venecia se conocen de noche, por supuesto. A Roma se la quiere llevar, y apenas lo conseguirá. Parece que él la haya “conseguido” cuando a continuación va Eva y le pega con la puerta en las narices. Él que no obceca en ningún momento, hasta cuando contrae las nupcias con su prometida.

Con este argumento Losey acertó al elegir a Michel Legrand, el enorme compositor francés, con un jazz más sofisticado, mucho menos presente que en El criminal, pero igual efectivo. Y en éstas que hay un tema que Eva se pondrá una y otra vez en el tocadiscos hasta que literalmente lo destroza: es la versión que del tema de Ann Ronell, Willow weep for me, inmortalizara Billie Holiday. Hay dos temas más: Loveless love, también cantado por Billie, bluesy y encantador; y Adam et Eve, mucho más obvio en ese sentido, compuesto por Legrand y cantado por un representante del soul y del rhythm and blues, Tony Middleton.

La visión de esta película se hace necesaria debido a la presencia de Jeanne Moreau (sensualidad francesa en Italia, la piel suave de Eva, los ojos de Jeanne Moreau, la primera entre todas las mujeres), a la cual le sienta bien la noche, el amanecer, el juego o la bebida en esta historia veneciana y romana que demuestra a Stanley Baker, y al espectador, que el amor puede perjudicarle gravemente la salud. A pesar de todo, buena película.

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Bola de fuego: Drum Boogie, por Gene Krupa.

Se me ha ocurrido una manera de actualizar más a menudo este "mi cine con jazz". Sé que hay más películas en las que haya mucho jazz o la historia se ambiente (aunque sea parcialmente) en un club de jazz o simplemente suene jazz y de las que aún no he hablado. Pero lo que quiero hacer es otra cosa, sobre todo con películas en las que puede que oigamos esta o aquella canción, ese o aquel saxo tenor, o un piano alegre de swing. Que igual no alcance para dedicarle un post desarrollado, porque sean segundos de jazz tan sólo, pero me apetece hablar de ella o de traerla hasta aquí, y hacerle un huequecito. Para ver esas escenas. Que también se lo merecen.

Por ejemplo y para comenzar, podría traer y traigo una divertida escena de la maravillosa película de Howard Hawks Bola de fuego, en la que el personaje de Barbara Stanwyck, una de mis chicas favoritas, canta una canción al ritmo de la banda de Gene Krupa, quien al final del video re-toma el tema para hacer una peculiar versión del mismo.

También cabrán reseñas visuales de películas ya comentadas en estos años de blog y que servirán para complementarlas.

Nola Darling: una historia de Brooklyn

Nola Darling: una historia de Brooklyn

Ver Nola Darling, la película con la que Spike Lee asentó sus reales antes incluso que con Haz lo que debas, es como abrir la ventana de tu cuarto para que te entre un poco de aire fresco y ventile la habitación. Ver Nola Darling, aquí llamada así, en el original She’s gotta have it, por primera vez y sin tener las referencias posteriores que tenemos si la vemos hoy, es algo que envidio insanamente. ¿Sundance, algún circuito de arte y ensayo de los de antes de toda la vida? Me gustaría irme hacia atrás y comprobar, si hubo estreno, la repercusión de una película dirigida por el hijo de un músico de jazz que tocaba el contrabajo en 1986.

Nola Darling viene aquí por ése y otros motivos. Papá Bill Lee, contrabajo que ha acompañado en jazz a un montón de gente, compuso la banda sonora de la película. Nola Darling viene también porque me gusta, porque es una película en B/N (salvo un momento mágico de color), porque los personajes miran a la cámara, porque Spike Lee tenía muchísimas ganas de hacer una película, de contar todo lo que tenía que contar, porque es una historia de amor, porque me gusta la protagonista, porque hay unas escenas de sexo muy bien rodadas, porque sale Brooklyn, porque en un poster sale Michael Jordan, porque hay cámara al hombro, porque adivino lo que después he visto que son los modus operandi de Spike Lee y su cine. Porque está bien tener muy claro desde tu primera película que ése va a ser tu estilo.

A mediados de los ochenta Spike Lee no era más que un chico negro en América que había hecho alguna cosa casi para sí mismo que quería ser director de cine. Como las puertas supongo que se le cerrarían una detrás de otra, le dio por crear su propia productora. Uno imagina cómo él y un par de amigos alquilan un departamento modesto en el Brooklyn de sus amores. 40 acres and a mule ha seguido encabezando los títulos de crédito de Spike Lee hasta hoy. El piso ya no está donde estaba. A lo mejor habrá que subir ahora hasta la parte más alta de un rascacielos.

Nola Darling es una chica afortunada: por ella se debaten tres jóvenes más o menos de su edad pero de muy diferentes formas de ser y de pensar. Uno con pose intelectual, tierno y agradable. El segundo, un músculos que lo basa casi todo en lo que lo basa. Y el tercero… el tercero es Spike Lee. Tercia sin éxito una chica lesbiana.

Podría decirse que es un típico producto Spike Lee si no fuera porque en Nola Darling lo deja todo al amor. Es decir, aquí no hay rollo de conciencia negra ni pretensiones que han caracterizado buena parte de su filmografía. ¿Spike evasivo? No lo sé, pero me gusta. Lo que no voy a hacer es una comparación, que podría hacerse por legítima, entre Nola Darling y Annie Hall, entre Spike Lee y Woody Allen. Pero hay unas cuantas similitudes.

Nola Darling es en B/N salvo la escena que he dicho. Es un baile a ritmo de jazz en un parque (¿Central Park?) que le regala el novio tierno e intelectual a Nola Darling. Me gusta el jazz, el baile y la voz que canta la canción en esa escena. El cantante se llama Ronnie Dyson y me gustaría encontrar cosas de él.

El jazz lo pone Bill Lee y Stanley Cowell y Joe Chambers y Harold Vic y Cedar Walton y Kenny Washington. Tiene una manera de sonar como retardado que me ha gustado bastante. Son temas alegres, optimistas, muy bien utilizados, muy bien integrados. Bill Lee tiene un cameo. ¿Me gustaría igual el cine de Spike Lee si el cine de Spike Lee no tuviera jazz?

Hay una escena en la que el chico tierno e intelectual sigue por Brooklyn a Nola Darling que me parece un homenaje a Godard o Cassavetes. Resume muy bien lo que tiene Nola Darling.

Las señoritas de Rochefort: las dos francesas y el amor

Las señoritas de Rochefort: las dos francesas y el amor

Hay dos responsables de que la película Las señoritas de Rochefort me haya gustado tanto. Uno se llama Jacques Demy, uno más de los locos y maravillosos realizadores de la nouvelle vague, que se especializó en hacer musicales como el que viene hoy a este blog. Otro se llama Michel Legrand, el gran compositor de películas francés pero también uno de los mejores autores del jazz que se hizo desde las década de los cincuenta en el país vecino a España. De la conjunción de ambos surge esta historia que nos traslada a la simpática localidad de Rochefort. Un bar, la dueña, sus dos hijas gemelas, un marinero de paso y además pintor, un par de entusiastas feriantes. Algún desencantado de la vida. Todos convergen en Rochefort con un anhelo común, que es encontrar, más que buscar, esa cosa llamada amor.

Las dos hijas gemelas son las dos señoritas de Rochefort. La una, Catherine Deneuve, enseña danza a los niños de la localidad. Al piano, está la otra, Françoise Dorléac. Hermanas en Rochefort y hermanas en la vida real. Primero de los aciertos de Demy. Las dos en pos de ese anhelo amoroso, que tienen más cerca de lo que se pueden pensar. Todo lo que vemos ocurre en un fin de semana. Los feriantes llegan al pueblo para amenizar esos tres días de asueto. Con ellos llegan los primeros bailes. Las señoritas de Rochefort es un musical a partes iguales de baile y de canción. Cantan la Deneuve, su hermana Dorléac, canta Jacques Perrin, que es el marinero pintor. Canta Danielle Darrieux que es la maravillosa ama del bar. Cantan los dos feriantes. Y qué cantan. Cantan el jazz. A lo que compuso Legrand, como cualquier composición de jazz para escuchar, Demy le pone letra. Y se convierten entonces en unas estupendas canciones llenas de contento.

Todavía me suenan en la cabeza las veces que en la película las dos hermanas cantan su canción.

Uno de los desencantados de la historia es el que encarna Michel Piccoli, ese monstruo francés del cine que nos regala un papel tan alejado de su habitual lado canalla. Una interpretación plena de sensibilidad. Piccoli también canta. A Demy se le ocurrió otra idea genial y es hacer que el amigo de juventud musical de Piccoli fuera el mismísimo Gene Kelly. Sí señor, Gene Kelly aparece en esta película en un guiño quizá de Demy a ese americano en París que el bailarín y actor norteamericano protagonizara dieciséis años antes.

Y Gene Kelly, obviamente, baila. Y unos chavales y chavalas de alguna escuela de baile contratados para bailar por las calles de Rochefort. Y bailan jazz con el mismo entusiasmo con que lo harían en los ballrooms de los años 30 y 40, allá en la tierra donde nació el jazz. Y lo hacen de una manera, las canciones vienen tan a juego para cada momento, que no hacen otra cosa que contagiarte de su ritmo y su vitalidad. Con un colorido y una explosión de diversas tonalidades que recuerdan en conjunto y salvando las distancias a las coreografías que Stanley Donen hizo para West Side Story.

Y ahí está el amor, el eje invisible y central de cada argumento de la película. Todos en pos de encontrar algo que les falta. Lo cantarán acordes con el sentimiento la Deneuve, Dorléac, su madre, Perrin… todos. Porque todos tienen en Rochefort aquello que se presenta una vez en la vida que es el verdadero y único amor. O el ideal, que dice más de una vez el marinero pintor. Espero que no se convierta en spoiler decir que la historia de amor entre Catherine Deneuve y Jacques Perrin, sin que en ningún momento ambos se vean un pelo en la película, es una de las historias de amor más maravillosas que hayan podido rodarse en el cine.

Y hay que hablar de Legrand. Michel Legrand, que llegó en su momento a formar una orquesta a finales de los cincuenta (y por sus filas pasaron alguien llamado Miles y alguien llamado Coltrane), es uno de los nombres más importantes de la escena del jazz europeo de todos los tiempos. A Legrand lo conocí, como todo el mundo que conoce a Legrand fuera del jazz, como un compositor de bandas sonoras, demandado por igual tanto en Francia como en América. Después escuchas un tema de jazz y la sorpresa viene cuando lees: autor, M. Legrand. Ya en Los paraguas de Cherburgo, maravillosa película musical (about love) de Jacques Demy, Legrand nos regaló con ese delicioso I will wait for you, al que el mundo del jazz homenajea como se merece cada vez que un músico (me viene a la cabeza una maravillosa versión de la orquesta de Gil Evans cantada por Astrud Gilberto) se lo lleva a su repertorio.

La música toda que se oye en Las señoritas de Rochefort es jazz. Que por un lado podría ser (ignoro si se hizo, y si no, animo fervientemente a la casa discográfica en cuestión a que lo haga) el contenido completo de un disco de jazz instrumental, o bien puede escucharse tal cual suena en la película con las letras añadidas por Jacques Demy. En ambos casos la experiencia es más que gratificante. La forma de cantar sobre todo los temas rápidos, con fondo vocal de coro, nos retrotraen a esos años concretos de una manera de hacer música, esos años en que existían los Double Six, el scat o el vocalese.

Los dúos, o tríos, o a veces cuartetos vocales, cuando no directamente corales, están conjuntados al milímetro. Cuando cantan las dos hermanas, con los dos feriantes, a solas Danielle Darrieux. A la vez que cantan, todos están contando. Hay un homenaje claro a aquellos años en que hacer un musical era como coser y cantar.

Te quedas muy bien cuando termina una película y te quedas tarareando esa última canción, la retina con ese plano final, recuerdas a los personajes (que hasta un asesino que sale te cae bien) y luego te das cuenta de que el musical es el género que mejor cuenta la mentira del cine. Que te da igual que “se note” que estás viendo un musical. Como en las películas antiguas de Fred Astaire, aquéllas en las que volaba junto a Ginger Rogers, se te acaba Las señoritas de Rochefort y te da una punzadita ahí adentro. Estas películas son algo que no se puede repetir.

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